La celebración del Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo, organizada por la UNESCO cada 21 de mayo, destaca no solo la riqueza de las culturas del mundo, sino también el papel esencial del diálogo intercultural para lograr la paz y el desarrollo sostenible (Naciones Unidas, s.f.). Sin embargo, este tipo de conmemoraciones suele reducirse a una visión folclórica; es decir, se limita a la apreciación estética de los bailes, las artesanías y las tradiciones, ignorando la complejidad política y territorial de los pueblos y comunidades.
Ante la crisis ambiental y climática actual, es imperativo superar esta superficialidad. Debemos reconocer la cultura como un bien público mundial, tal como lo estipula la Declaración por la Cultura de 2022, la cual establece el derecho inalienable de las comunidades a salvaguardar y transmitir sus conocimientos ancestrales, así como la necesidad de proteger su patrimonio. En este sentido, existe un mandato jurídico internacional de crear el andamiaje político y jurídico para plasmar este derecho, garantizar su respeto y continuidad a través del tiempo, entendiendo la importancia que tiene incluso para la preservación y protección de los ecosistemas del país.
Es exactamente en este punto en donde la diversidad cultural se vuelve uno de los pilares de la Sociobioeconomía. La Sociobioeconomía tiene su origen en el conocimiento y en las prácticas culturales tradicionales, esta es una vía para reestructurar las economías forestales basadas en el uso sostenible, la restauración y la valorización de la biodiversidad, donde los pueblos y comunidades locales se conciben como actores económicos centrales, cuyos sistemas de conocimiento e instituciones de gobernanza configuran la producción, la innovación, la creación del valor más allá de las cadenas de suministro individuales.
Como señala Costa et al. (2021), los productos derivados de la sociobiodiversidad son, por definición, bioma-específicos. Su extracción, manejo y conservación no dependen únicamente de procesos biológicos, sino de un conocimiento tácito profundo que tiene su origen en las prácticas culturales tradicionales. Desde entender la distribución exacta de una especie hasta dominar la técnica de recolección que garantice su regeneración sin causar daños, es la diversidad cultural la que mantiene la productividad del ecosistema y a la selva en pie. A pesar de esto, las cadenas de valor convencionales han mantenido esta economía históricamente invisibilizada, extrayendo el recurso físico sin reconocer, ni remunerar el capital intangible que lo hace posible, lo que restringe gravemente el direccionamiento de las políticas públicas.
Para lograr corregir esta falla estructural, la política ambiental y climática debe dejar de reforzar a los pueblos y comunidades locales como pasivos de asistencia. Frecuentemente, los instrumentos normativos integran un «reconocimiento» retórico de estas poblaciones, señalándolas generalmente, como grupos vulnerables en la lucha climática o guardianes de la naturaleza, pero este discurso rara vez trasciende del papel a la realidad del Estado. Esta narrativa de vulnerabilidad es una trampa: fomenta un enfoque paternalista que busca siempre protegerlos, ignorando que, en la práctica, estas comunidades sostienen de manera autónoma los ecosistemas más críticos del país, más que ser objetos de protección, sus sistemas de reconstrucción y gestión territorial albergan lecciones técnicas de las que el Estado debe aprender.
Además, frecuentemente, el Estado utiliza el “respeto de los usos y costumbres” y la autonomía comunitaria, para justificar su propia omisión y abandono institucional, lo que provoca una total marginación en la toma de decisiones, participación pública, el financiamiento e incluso la transferencia de tecnología. Es aquí donde los marcos legales y políticos deben garantizar una participación efectiva.
Para lograr aspirar a un modelo de la Sociobioeconomía, es imperativo abandonar este enfoque paternalista. Conmemorar la diversidad cultural no significa aplaudir a nuestros pueblos y comunidades locales desde la distancia, sino entender que sin esta diversidad cultural no puede existir la Sociobioeconomía. Son las comunidades quienes bajo estructuras económicas y sociales propias han demostrado que los beneficios ambientales superan por mucho los modelos tradicionales extractivistas. El reto jurídico y político se encuentra en construir el andamiaje que construya la gobernanza, que entienda a los pueblos y comunidades locales como actores centrales que mantienen, literalmente, la selva de pie.
Referencias
Costa. F. A., Ciasca, B.S., Castro, E.C.C., Barreiros, R.M.M., Folhes, R.T., Bergamini, L.L., Solyno Sobrinho, S.A., Cruz, A., Costa, J. A., Simões, J., Almeida, J.S., Souza, H.M. La Bioeconomía de la Sociobiodiversidad en el estado de Pará: Sumario Ejecutivo. Brasília: DF: The Nature Conservancy (TNC Brasil), Banco Interamericano de Desenvolvimento (BID), Natura, 2021.
Naciones Unidas. (s.f.). Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo. Recuperado el 18 de mayo de 2026, de https://www.un.org/es/observances/cultural-diversity-day
